B. Josefa María de la Purificación

Nació en Algemesí (Valencia) el 10 de junio de 1887 en el seno de una familia de agricultores profundamente cristianos. De su padre, Vicente, no quedan noticias especiales. Murió el 31 de julio de 1916. La madre, Teresa Ferragut, tuvo siempre fama de cristiana fervorosa. La abundante floración vocacional con que Dios la bendijo confirma esa opinión. Su único hijo profesó como capuchino con el nombre de Serafín de Algemesí y cinco de las seis hijas ingresaron en conventos de clausura. María Vicenta, María Verónica y María Felicidad lo hicieron en el convento capuchino de Agullent (Valencia); otra, de nombre desconocido, en San Julián de Valencia; y nuestra María Josefa en las agustinas descalzas de Benigánim. Sólo Purificación quedó en siglo. Las tres primeras y su misma madre acompañarían a María Josefa en la prisión y el martirio. La cuarta murió antes de la guerra de 1936. María Josefa hizo sus estudios primarios en el colegio Santa Ana de su pueblo. De joven llevó una vida retirada como todas sus hermanas, y muy pronto se sintió llamada a la vida religiosa. Visitaba la iglesia a diario, comulgaba con frecuencia y se encargaba de adornar el altar del Sagrado Corazón. El 2 de febrero de 1905 vestía el hábito agustino descalzo en Benigánim (Valencia) y al año siguiente pronunciaba sus votos. Fue priora de la comunidad durante un trienio (1932-35) y al estallar la guerra desempeñaba el oficio de maestra de novicias. En 1931, a pesar de amenazas y peligros evidentes, no quiso abandonar el convento y permaneció en él con otras seis religiosas. En julio de 1936 también quiso permanecer en su amado convento. Pero al no encontrar quien secundara sus deseos, hubo de abandonarlo, buscando refugio en casa de su madre. En ella se hallaban ya recogidas sus hermanas capuchinas. Todas juntas hicieron durante unos meses vida auténticamente monástica, guardando la clausura, rezando el oficio divino y respetando las horas de silencio y recogimiento.  Cual nuevos macabeos El 19 de octubre de ese mismo año, hacia las cuatro de la tarde, un grupo de cuatro milicianos se presentó en la casa para llevarse a las religiosas.  A las 10 de la noche del día 25, fiesta de Cristo Rey, las cargaron en un camión y a la entrada de Alcira, en el término conocido con el nombre de “Cruz Cubierta”, las fusilaron una tras otra. Los milicianos habían pensado comenzar con la madre, pero la intrépida heroína les rogó que comenzaran con sus hijas y luego podrían seguir con ella. “Quiero saber qué hacéis con mis hijas. Si las vais a fusilar, matadlas primero a ellas y después a mí. Así moriré tranquila”. Y después, a ejemplo de la madre de los Macabeos, volviéndose hacia sus hijas las alentó a no traicionar en el momento de la prueba el amor del esposo. “Hijas mías, sed fieles a vuestro esposo y no consintáis en los halagos de los hombres”. Momentos después veía cómo los cuerpos de sus hijas rodaban uno tras otro por el suelo, víctimas del plomo asesino. Los milicianos llevaron los cuerpos de las cinco mártires al cementerio de Alcira, desde donde día 2 de julio de 1939 fueron trasladados al de Algemesí. Luego los sepultaron en la cripta del convento de Fons Salutis y, por último, el 16 de abril de 1961, los depositaron en la iglesia parroquial de San Pío X de la misma localidad. 

V. INÉS DE LA SANTA CRUZ

Es otra de las hijas de S. Juan de Ribera que destacó por vivir su fe y consagración. Nació en 1588 en Alicante. Fue hija de nobles genoveses establecidos en la ciudad y hermana del canónigo y escritor Sebastián Nicolini. Desde joven sintió Jerónima el atractivo hacia la vida espiritual. Alimentó su fervor diariamente con la recitación diaria del Rosario, la frecuente asistencia a misa, y las lecturas de autores como Luis de Granada, Pedro de Alcántara y Santa Catalina de Siena. A los 15 años tuvo lugar su “conversión definitiva”, según refiere ella misma, y vistió el hábito de terciaria dominica.  Algunos años después, una vez informada de la recién iniciada fundación de las Agustinas Descalzas y el propósito de fundar en La Ollería, tras especial llamada del Señor a la vida de mayor oración, soledad, quietud y recogimiento, ingresó en este monasterio de San José y Santa Ana, cuando sólo llevaba diez meses de fundado. Tomó el hábito el 3 de junio de 1612, por eso fue una de las primeras vocaciones del monasterio, ejemplo que siguieron tres de sus hermanas: Juana Ángela de San Nicolás, Blanca de Jesús y Agustina de la Trinidad, que falleció durante el año de noviciado. En el mencionado convento emitió su profesión religiosa (5 /junio /1613) recibiendo el velo de Esposa de Cristo. Su equilibrio y buen juicio fue valorado por sus hermanas, convirtiéndose en fiable consejera. Nueve meses después de profesar fue nombrada maestra de novicias. Destacó por su profunda humildad y extremada mortificación. Poco después salió elegida priora aunque se le dio el nombre de vicaria porque no tenía aún la edad para ejercer este oficio, una vez dispensada por el obispo de la diócesis. Priora fue durante veinte años, en los que se forjará tanto su personalidad como la historia del monasterio. Como verdadera madre de todas las religiosas, siempre dispuesta y disponible ante quien la necesitase. En beneficio de la edificación espiritual de sus hijas empleaba los dones recibidos del cielo, y en especial su conocimiento de los espíritus, siempre con suma discreción, dejando traslucir la caridad que la movía a manifestar los hechos y pensamientos ocultos. Manifestó especial devoción hacia la Virgen María, S. José, S. Ana, S. Agustín, S. Domingo y S. Francisco de Asís. Ayunaba casi a diario, de manera que “solo comía para vivir, y no vivía para comer” Por diferentes partes del cuerpo tenía repartidos rigurosos cilicios. Sus éxtasis, apariciones, visiones y meditaciones de la Pasión del Señor, principal fuente de oración e inspiración, llevaron a su confesor, el P. Barberán, a mandarle que escribiese sus apuntes espirituales. Esta obra se conserva junto con los testimonios de varias religiosas que convivieron con ella y que dan fe de la vida singular de Inés de la Cruz en nuestro monasterio de Benigánim. Tras una larga enfermedad falleció el 26 de mayo de 1651. Su cadáver fue depositado dentro de un arca de madera en el hueco de la pared, junto a las sepulturas del convento y desapareció en la Guerra Civil. Numerosos han sido los favores y curaciones realizados por la intercesión de Inés de la Cruz. 

V.M. MARIANA DE SAN SIMEÓN

Nació en la villa de Denia, en Alicante, y fue bautizada el 24 de noviembre de 1569 en la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción. Recibió el nombre de María Ana, Mariana.  Su padre, Conrado Simeón, era marinero y comerciante, natural de la ciudad de Ragusa, y su madre Jerónima Fuster, natural de Denia.  Eran escasos de bienes de fortuna, pero buenos cristianos. De pequeña, Mariana fue una niña muy despierta e inteligente; aprendió a leer y a escribir, de forma que sus conocimientos le permitieron llevar y aclarar los negocios comerciales de su padre. Una niña compasiva con los pobres, a quienes, movida de caridad, atendía y servía en el hospital.  El 25 de enero de 1604, ingresó Mariana en el convento de las Agustinas Descalzas de Denia, Hizo su profesión el 15 de febrero de 1606. En el monasterio desempeñó varias obediencia, como tornera, provisora y sacristana, entre otros, además de haber sido elegida para gobernar la casa como superiora y madre de todas las hermanas. A instancias del obispo de Cartagena D. Francisco Martínez, la Madre Mariana fundó otro convento de Agustinas Descalzas en Almansa, donde llegó el 6 de enero de 1609. Mucho tuvo que trabajar en los principios de esta fundación de Almansa por la falta de recursos económicos para sustentar en lo necesario a la primera comunidad.  Fue entonces cuando la Madre, ayudada por la gracia de Dios, inventó el arte de tejer la lana, fabricando prendas con las que socorría a los pobres, al tiempo que vendía y hacía los hábitos de las monjas. Obtenida la licencia del Consejo Real para fundar en Murcia, se dispuso la M. Mariana a poner por obra la orden del obispo. Salió con sus monjas de Almansa a mediados de febrero, en pleno invierno. Iba muy enferma y con calentura. Llegaron a Murcia el domingo 21 de febrero de 1616, alojándose esa noche en casa de la fundadora Dª Luisa Fajardo, en Espinardo. La fama de santidad de que venía precedida la Madre, atraía a multitud de gente deseosa de conocerla y tratar con ella. Así, una de las principales jóvenes de Murcia abrazar la nueva reforma de las Agustinas Descalzas. Fachada de la iglesia actual Esta joven, rica y bella, tenía 16 años, y se llamaba Luisa de la Santa Cruz.   Desde la parroquia de San Bartolomé se inició una procesión, con el Santísimo Sacramento, en la que juntamente con la Madre Mariana iban también las jóvenes que ese mismo día habían de vestir el hábito de Agustinas Descalzas. Procuró fielmente que se guardara la Regla y las Constituciones y la observancia regular en sus conventos, medios para alcanzar la santidad de vida a la que las monjas aspiran. Fue de excelente capacidad intelectual, viva penetración, agudo ingenio de gran corazón.  Entregó su alma a Dios el 25 de febrero de 1631, a los 61 años, siendo priora y servidora de todas las hermanas de la comunidad que había fundado con tanto amor y deseos de servir al Señor, a la Iglesia y a la Humanidad. Su cuerpo fue sepultado en un altar del coro del convento, a instancias del entonces obispo Fray Antonio de Trejo, que sentía una gran veneración por la Madre.  Después de su muerte, quisieron las monjas tener un recuerdo de su fundadora, y mandaron a un pintor hacer un retrato, dando ellas idea de su semblante y facciones. 

V. JUANA DE LA ENCARNACIÓN

Sus padres, Don Juan Tomás Montijo y Doña Isabel Mª de Herrera, contrajeron matrimonio en Perú ya muy adelantado el siglo XVII. Ambos, de noble familia y de costumbres muy religiosas, decidieron volver a España para llevar adelante su vida de familia con más sosiego. Su única hija nació en Murcia el 17 de febrero de 1672 y le impusieron el nombre de Juana de la Concepción. La niña fue, desde un principio, la alegría de la casa; de natural dócil, amable, agraciada e inteligente; De su priorato las hermanas destacaban su humildad y capacidad de ganar las voluntades por su cercanía a cada hermana, sobre todo en situaciones de necesidad, bien por enfermedad, bien por pasar momentos de inquietud interior; sabía acompañar, animar y consolar. Cuando se le permitió dejar su cargo de priora, fue nombrada maestra de novicias, oficio que desempeñó durante los últimos cuatro años de su vida. En este tiempo, su existencia se desarrolló aún con mayor retiro, por vivir con las novicias en la parte del noviciado, separada de la comunidad. Agraciada por Dios y combatida por el Maligno, se vio de nuevo visitada por la enfermedad los últimos días de su vida. Sus hermanas confiaban en que, como tantas otras veces, su recuperación no tardaría en darse ¡Cuántas veces la habían visto peor! Sin embargo ella llamó a su confesor, al que le hizo entrega de todos sus apuntes espirituales y de sus instrumentos de penitencia, para evitar que fueran vistos de sus hermanas. Por esos días recibió la visita del obispo diocesano, Monseñor Francisco de Angulo, quien la tenía en gran estima. Para sorpresa del mismo, la madre Juana no sólo le habló de la muerte que ella esperaba inmediata, sino que le avisó de que él también debía prepararse, porque en breve igualmente fallecería, como así ocurrió. Las religiosas relatan que, durante los últimos días de su vida, cuando se acercaban a su cama sentían estar muy cerca del Cielo. Se daban con frecuencia ausencias de la enferma por los éxtasis en que entraba; sin embargo, hubo uno muy especial, a partir del cual, como decían sus hermanas: volvió más del Cielo que de la tierra18. Poco después, el 11 de noviembre de 1715, con gran suavidad, casi sin que las hermanas que la rodeaban se percataran, discreta como había tratado de vivir, a la edad de 43 años, marchó su espíritu al encuentro del que tantas veces había invocado como Dios incomprensible, amabilísimo y eterno, omnipotente, inmenso, verdadero, santo, sabio, justo, poderoso, suave, fuerte, misericordioso, todo deleitable y perfectísimo.

 

 

 V. VICENTA DEL CORAZÓN DE JESÚS

Profesa de Valencia 

V.M. MARGARITA DEL ESPÍRITU SANTO

Nació en un hogar cristiano. Flor preclara, sin dudas, que dio el monasterio de Santa Úrsula de Valencia a toda la Orden de Agustinas Descalzas.  Desde joven quiso ser carmelita descalza y así lo hizo, entrando en el monasterio del Glorioso San José de Valencia, un dechado de virtudes y almas santas. Fieles al carisma de su Santa Madre y Fundadora Teresa de Jesús. El Señor la quería agustina descalza y la trajo a la Orden, después de algunos avatares, donde se santificó en silencio y penitencia. Profesó el 6 de octubre de 1684. Fue contemporánea de la Madre Inés, que a su vez, mantenía relación con las monjas de ese monasterio. Al menos con las almas de algunas, que pasaron en su celda el Purgatorio. No sabemos si sería una de ellas la Madre Margarita. Fué devota de los misterios de nuestra salvación, tanto, que en una visión el Señor le mostró los signos de la Pasión grabados a fuego en su alma. Fue muy devota de N. Padre San José, lo heredó por partida doble de su Madre, Santa Teresa. Creció y murió en la vida religiosa, a la sombra de monasterios a él dedicados y sus biógrafos, cuentan que este glorioso santo "era el muro en el que rompían todas sus olas y tribulaciones", porque para todo se encomendaba a él. Fue un alma con un profundo sentido de la responsabilidad que supone ser monja, a ellas les está encargado pedir y amar por todas las almas del mundo que no piden y no aman, así que ofreció todo lo desagradable que pudo pasarle en vida, para que Dios fuese honrado, por la conversión de los pecadores, por la paz en el Reino. En el monasterio de Benigánim se conservan, dentro de una arqueta de madera que trajeron las monjas de Valencia (este convento acogió a la comunidad al cerrar el de la capital) todas sus disciplinas, y una camisa que llevaba debajo del hábito de cota de malla, que pesa mucho. Vivió tan cerca de Jesús que experimentó en sus continuas visiones, junto a Él  y  por amor al mundo, las horas de su cruz. Algo extraordinario que solo ocurre cuando estás muy "endiosada". Murió  después de varios accidentes cerebrales, el 29 de enero de 1719 (1:00 AM) a los 71 años y 28 días  de edad. Gozó de fama de santidad , muy querida por su comunidad, que conservó sus reliquias, escritos espirituales y sobre todo su recuerdo de veneración. Su causa sigue estancada hasta que Dios quiera.

 V.M. MARÍA GALLART

Profesa de Jávea

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